
Tras abandonar el primer piso para pasar a la zona noble del Botel, y degustar su buffet (correcto pero no tan exiguo como nos alarmaban algunos comentarios leídos en INTERNET) salimos a comernos Ámsterdam, en una mañana que empieza con calabobos pero que se va despejando hasta dejar una temperatura fría, pero tolerable, y con el regalo de algún que otro rayo de sol. No llovió el resto del día (situación que se repitió durante toda nuestra estancia).
Seguimos encantados con la buena educación las ganas de agradar del personal del hotel, que encontraremos también en nuestros futuros contactos con los holandeses.
Es lunes, y a diferencia de otras ciudades europeas, Ámsterdam despierta a su ritmo, sin demasiada prisa, a media mañana las tiendas permanecen cerradas o a medio abrir. Sólo lo harán entre las 12 y las 5.
Natasha cree que después de tanto porro y tanta Heineken el finde, esta gente prefiere tomarse el comienzo de la semana con tranquilidad.
A excepción de los autobuses que comunican la capital con el extrarradio, todo lo que nos cruzamos son coches (muchos menos que en una gran capital, o que una ciudad pequeña como Santander), tranvías, que recorren las grandes avenidas, y algunas que no lo son tanto, por lo que comparten espacio con carriles bici y zonas peatonales, y por supuesto, lo que nos rodea, las bicicletas.
Lo primero que te queda claro es que esta ciudad debe tener unos índices de polución mucho menores que otras capitales, ya que hay zonas en las que apenas pasan coches. Es más, es que no hay ruido. En algunos momentos parece que estamos solo nosotros y las bicicletas, que de vez en cuando tocan el timbre para avisar a algún despistado de que está invadiendo su terreno.
¿Y cuál es el terreno de las bicicletas? Bueno, pues depende. Sobre todo los carriles bici, pero estos no están perfectamente señalizados en todas las zonas, ya que en algunos sitios es materialmente imposible, por lo que hay estar continuamente atento, sobre todo en los cruces, da igual en que solitaria calle sin apenas tránsito, para no llevarte un susto, ya que otra cosa que también hay que tener en cuenta es que van follaos.
Ellos, muy rápido, sentados de forma natural, con una mano en el manillar y con la otra en el bocadillo, el móvil, el ramo de flores o el cuadro de 2x2 (verídico).
Ellas, preciosas. Son una prolongación de la bicicleta. Erguidas, gráciles, pedaleando sin pedalear. Una delicia para la vista.
Las bicicletas, en un porcentaje muy alto son de paseo, nada de mountain bike o las clásicas de corredor. Como digo, son una extensión de ellos mismos, como el móvil o el reloj, así que las adaptan a sus necesidades, incorporándolas algo más que una simple cesta.
Las hay con una pequeña caseta con techo plastificado en la que llevan a los niños, a sus mascotas o a ambos a la vez. Otros, que las usan para su trabajo, incorporan, ya sea delante o detrás, un espacio para poder transportar materiales, paquetes, flores, pizzas… lo que haga falta.
La decoración navideña, iluminación incluida, ha llegado antes que a España, algo que llega a su máxima expresión a partir de media tarde, que es cuando la ciudad bulle de gente saliendo de trabajar, para ver alguna tienda, tomarse un café, una cerveza o simplemente pasear.
Entramos al Vondelpark, uno de los parques más emblemáticos de la ciudad, próximo a su centro histórico y con la distribución normal de un parque europeo, es decir, mucho césped, y estrechos caminos de tierra, arena o grava.
Poco asfalto, nada de granito, cemento u hormigón, como nos acostumbran en sus horrendas creaciones ayuntamientos españoles como el de Santander.
Decir que el Parque de las Llamas es de los mejores de Europa tras haber visto el Vondelpark de Amsterdam, el Hyde Park londinense, el Tiergarten berlinés, por no hablar de Hamburgo o mi añorada Dublín… es una temeridad a no ser que el alcalde de Santander piense que sus ciudadanos no han salido nunca de los límites municipales. En fin.
Muy cerquita del Vondelpark tenemos el Café Americain (Leidsekade 97), abierto en 1902, una agradable sorpresa art decó con lámparas Tiffany y gigantescos ventanales, que te permiten degustar, mientras contemplas el Leidseplein, sus entrantes fritos con una cerveza en un ambiente tranquilo, porque los holandeses no son ruidosos, pero a la vez de mucho ir y venir de ejecutivos que montan ante nosotros relajadas reuniones de trabajo.
Lo considero una visita obligada. Si te quedas a comer prepara la cartera (como suele ser habitual en esta ciudad dicho sea de paso).

Volvemos a la calle y seguimos mirando qué hay detrás de las ventanas desnudas de cortinas o persianas. Nos impresionan la altura de los techos, y a la vez descubrimos que en las plantas sótano, que tienen también menos altura, se instalan muchas oficinas, de todo tipo, ejecutivos de traje y corbata, o con vaqueros, alguna que otra galería, e incluso, algún club de striptease que desde la calle es casi imposible de adivinar. En este caso no hay ventanas, con cortinas o sin ellas.
Tan solo una puerta negra con una placa que dibuja una sugerente silueta femenina nos avisa de lo que nos podemos encontrar si decidimos traspasar su umbral.
Llegamos al Cuypmarkt, donde puedes adquirir todo tipo de alimentos frescos. Verás lo carísimo que es el pescado, lo cara que es la carne, y posiblemente también las especias, pero merecen la pena.
Más o menos en mitad del mercado hay un sitio en el que venden cientos de variedades, con explicaciones (en inglés algunas) de los platos que mejor pueden condimentar. Merece la pena.
Siguiente parada, el Museo Van Gogh, situado en Museumplein. La entrada se encuentra en Paulus Potterstraat 7. Dejamos nuestras chaquetas y mochilas y recorremos en apenas una hora la evolución de la obra del artista, que se puede comparar además con las obras de otros artistas del siglo XIX que forman parte de la colección.
Sí, ves “Los Girasoles” y sus autorretratos… pero la visita es un poco fría, posiblemente por el moderno edificio en el que se ubica el museo. Pero claro, ir a Ámsterdam y no ver a Van Gogh, es como no haber venido.
El hambre vuelve a apretar así que decidimos buscar un sitio en el que cenar algo en horario holandés, son apenas las siete de la tarde.
Según la información previa merece la pena conocer Casa Di David (Singel 426). El sitio tiene muy buena pinta, pero la carta es “caríssima”. Muy cerca está la Brasserie Odeón, con unos precios más económicos, y con un ambiente chill – out muy recomendable para relajarse y coger fuerzas.
El vino siempre es caro, pero el servicio se gana la propina con su exquisita educación que acompañan de una sonrisa, sin estridencias, pero si lo suficientemente amplia como para hacerte la estancia más agradable. Me encanta esta gente.
Comer en esta ciudad suele ser caro, pero no hay que desesperarse, ya que hay alternativas.
Es recomendable gastarse los cuartos una o dos veces y después, hay alternativas como los McDonald´s (en los que no entramos), el bocata de supermercado (comiendo en algún parque junto a un canal y con una botellita de vino, que en los supermercados cuestan como aquí, es muy bucólico) u otros donde hay comida rápida como sandwiches, croquetas, etc... en pequeñas vitrinas donde se introduce el dinero para adquirir el producto.
Recomiendo también los hispanos. Cuando hablo de hispanos me refiero no sólo a españoles, que hay unos cuantos, sino también a mexicanos, argentinos, panameños o colombianos, aficionados en general a servir unos menús apañados por 10 o 12 €uros… aunque la bebida no va incluida. La calidad – precio está ajustada y el servicio suele ser bueno, al menos en nuestra experiencia.
Saliendo del tema gastronómico nos fijamos en su piel. Sí, es que llama la atención. Es una sociedad multi – étnica, donde la integración de los inmigrantes, como ampliaré más adelante, es una evidencia. El trato al extranjero (no al turista) es natural, sin forzar la sonrisa, ya que están acostumbrados a la inmigración.
Entre los blancos, llama la atención el tono de su piel. A diferencia de sus primos alemanes o británicos, sobre todo estos últimos, el holandés no suele ser de cara roja y blancurrona, sino que tienen un tono entre blanco y tostadito, que llama mucho la atención.
Será la alimentación, la falta de estrés, la mezcla de razas o los rayos uva, pero la verdad es que tienen una presencia muy agradable y sana. Los pura sangre son altos y rubios, ahí no hay sorpresas.
Ellas son muy naturales. No ves bellezas espectaculares pero tampoco adefesios.
Digamos que la belleza está bastante estandarizada, destacan habitualmente sus ojos, las piernas (lógico, tanta bicicleta), y su actitud, relajada, natural y femenina sin caer en la ñoñería.
Las orientales con pasaporte holandés son mucho más guapas que las de aquí, tienen otra mirada, otra actitud, menos sumisa, que las da un plus de interés.
Las chicas de color, otro tanto de lo mismo. Me llama la atención su mirada, no están alerta como aquí, sino que se las ve relajadas y como parte del paisaje.

Llega la noche y vamos a ver más mujeres todavía. Detrás de escaparates con fluorescentes rojo enmarcando las ventanas, y pandillas de salidos de todas las nacionalidades babeando mientras rebuscan en sus bolsillos unos billetes.
El Barrio Rojo no es ni tan sórdido como me imaginaba, ni tan siquiera peligroso. Es una atracción turística más, alternando auténticos monumentos a la mujer con horrendas cuasi jubiladas que deberían cuidar de sus nietos y dejar sitio a las nuevas generaciones.
No tiene término medio, solo hay guapas y feas, nada de medianías.
Tras hacer el recorrido por sus dos calles principales nos perdemos en las adyacentes y de repente somos abordados por un negro con rastas que nos susurra a toda velocidad: “cocaine, lsd…”, nosotros pasamos y el sigue su camino buscando nuevos clientes.
Llegamos a un pub en donde se anuncia música en vivo. Un concierto de jazz que acompañado de sus correspondientes cervezas nos sirve para ir pensando en volver al “Botel”, no sin antes degustar una de sus BESTIA PIZZAS, unas porciones desproporcionadas, más pan que otra cosa, pero que impresionan tanto en el escaparate que no podemos resistir la tentación.