sábado 22 de marzo de 2008

INTRODUCCIÓN




El Amsterdam que la mayoría de la gente conoce es el casco urbano, el semicírculo que delimitan la Estación Central de trenes y el centro.
Esto corresponde a la ciudad vieja, que data de 1850.
Son cinco los canales que riegan la ciudad vieja; el Singel, el Herengracht, el Keizersgracht, el Prinsengracht, y el Singelgracht.

El Río Amstel fluye por la ciudad desde el sur, y es éste el que da nombre a la ciudad. Al día de hoy, la ciudad se ha expandido en todas direcciones. Destaca la región Waterland, que es un espacio rural protegido de campo y pequeños pueblos.

La mayoría de los puntos turísticos se centran en el mencionado semicírculo, también la mayoría de los hoteles.
Así pues, casi el 90% de la ciudad, que queda fuera de este semicírculo, no suele ser visitada por los turistas, y es donde tienen lugar gran parte de las actividades financieras y donde vive la mayoría de la gente.







Aunque me lo imaginaba, he podido constatar que Ámsterdam es mucho más que los coffee shops y el barrio rojo, que también.
Es una ciudad para vivirla más que para visitarla, llena de contradicciones, tranquilidad y libertad. Sus gentes son educadas, respetuosas, y felices, creo que es una de las cosas que más me ha llamado la atención.
Un chico negro, una cuarentona, o un señor mayor, silbando o tarareando una canción ya fueran andando, en bici, o estuvieran subidos a un andamio.
La gente, aunque esté trabajando, tiene una actitud relajada, parecen vivir sin estrés, están felices y satisfechos con sus vidas.
A ello tiene que contribuir sin duda la baja contaminación tanto acústica, lumínica, como atmosférica. No se eternizan trabajando, como nosotros, y además ganan más… aunque la vida es más cara.
Eso sí, se ahorran la OLA y la gasolina, ya que para algo todos tienen bicicleta.

VIAJE DE IDA


Nuestra primera etapa transcurre desde Santander a Ámsterdam pasando por Madrid, para lo que empezamos con un vuelo de Ryanair.
Parece que va calando lo de pagar 2/3 €uros para tener prioridad de embarque. En torno a treinta personas pasan delante de nosotros para tener unos metros de ventaja que les permitan elegir los primeros donde sentarse.
Nosotros como estamos al principio de la “otra” cola, apretamos el paso de tal manera que incluso entramos al avión antes que algunos prioritarios, ya que se han acumulado todos en la entrada delantera, dejando libre la trasera.

La tripulación incluye azafatas españolas, lo que facilita las cosas a quienes no se manejan con el inglés. Esto no evita que la gente vaya a su ritmo, cambiando tres veces de sitio, levantándose cuatro para mirar no sé qué en la maleta… y en definitiva para retrasar aún más una salida que ya va con cierta demora.
De repente, el auxiliar de vuelo coge el micrófono y nos anuncia “nos acaban de enviar nuevas instrucciones desde la torre de control que nos instan a despegar en no más de quince minutos. Si no lo hacemos deberemos esperar dos horas para tener la preceptiva autorización de despegue”.
En ese momento no sé si reírme o descojonarme. Vaya morro, encima que el retraso es imputable a ellos, por empezar tarde a facturar y porque el vuelo de Madrid llegó tarde, nos cuentan esta milonga.
De todas formas, esta mentirijilla (que no se la creen ellos ni jartos de grifa) surte su efecto, y en diez minutos todo el mundo está sentado, incluida una pareja que venía con un bebé en brazos y que no acababa de meter todo el “baby –equipment” en los compartimentos superiores. El niño por cierto, un crack, ni un solo lloro en todo el viaje.

A pesar de “las cosas de Ryanair” el viaje merece la pena, en este caso por 60 €uros… pero puede ser incluso más económico. Llegamos puntuales a Madrid, y casi no nos hemos enterado.

El problema de combinar low cost con las compañías “normales” es que no puedes facturar hasta tu destino final, por lo que tienes que recoger el equipaje, cambiarte de terminal, facturar y esperar tu siguiente vuelo.

Sea como fuere, la operación, desde que bajamos del avión, no excede los treinta minutos, y como aún nos quedan unas cuantas horas, aprovechamos para acercarnos a Madrid y tomar unas cervezas con la familia.

La salida de nuestro vuelo con KLM es puntual al igual que la llegada. Sin apenas incidencias reseñables, sí quería hacer un apunte en el catering. Los sándwiches aunque pequeñitos son muy sabrosos, mejor que los belgas, que no me gustan ná de ná.

Llegamos a Schipol, un aeropuerto moderno, grande, lógicamente, bien señalizado y muy bien conectado con la ciudad.
Fácil, cómodo, rápido y a precio razonable (ojo con las tarjetas que no admite ni visa y ni mastercard), encontramos en la planta inferior el tren que nos llevará a Ámsterdam Central, la estación de tren más importante de la ciudad, que es además un intercambiador de autobuses y tranvías.
A modo de anécdota, están ampliándola, por lo que en el futuro será aún mejor de lo que ya es ahora.


Nos hospedamos en el Amstel Botel, situado a menos de 100 metros de la estación. Se trata de un barco-hotel (por eso lo de “botel”), de tres estrellas (a la europea, no como en España), con un personal que en líneas generales es atento, educado, servicial y acogedor.
Las habitaciones son pequeñas, y los baños minúsculos, pero está limpio y en buenas condiciones. Las vistas son buenas si te alojas en la zona que da al canal (la de atrás da a unas obras), en los pisos entre el 2º y el 4º, ya que el primero da de frente con la pasarela de acceso que discurre paralela a la embarcación y no te permite ver apenas nada.

Nuestra primera noche nos tocó el piso 1, con vistas al canal (o sea, pasarela), con una tarima en el exterior que nos permitía dejar bebidas para enfriar, algo que en los pisos superiores nos obligaba a dejar la ventana abierta.
Gracias al buen rollismo del personal del Botel (y a que había una habitación libre), pudimos dormir el resto de noches en el tercero, con unas vistas magníficas al Oosterdok.


Eso no impidió que las tarjetas nos jugaran una mala pasada, y tuviéramos que abonar la primera noche en metálico. ¿Cosas de la técnica? No, más bien era culpa de los dos empleados que nos atendieron, que no andaban muy finos con el aparatito de marras.
Ella con look oriental, muy resuelta, pero con cara de llevar muchas horas en el curro. Él, de color, tranquilo, sonriente, y sin demasiada prisa.

En medio del frotamiento de tarjetas y el lector, llega un español, mamao/fumao hasta las cejas, que en un inglés muy castizo, arrastrando las palabras, pregunta si su habitación incluye desayuno gratuito.
“Es la 125”. “¿Su nombre? Por favor”. El chico lo dice y el ordenador responde que él no se aloja ahí. “¿126 quizás?” Nada, parece que la máquina y las neuronas de nuestro mareado compatriota no acaban de ponerse de acuerdo.
“¿Me puede repetir su nombre y apellido?”. Tras unos instantes… ¡¡¡PREMIO!!! Es la 121.
Bueno, ni tan mal. Por cierto, no incluía desayuno.

Continuamos nuestra conversación con los dos empleados, para intentar solucionar lo de la tarjeta. Hablamos en inglés, bromeando sobre la situación… hasta que en un momento dado, él me dice en español “¿de dónde son ustedes?” “Haberlo dicho antes hombre, nosotros venimos de España, ¿entonces no eres holandés?”. “Soy de Cabo Verde”. El tío habla perfectamente portugués, lógicamente, además de inglés, holandés y español, menuda joya.

En la primera noche, ya de madrugada, Ámsterdam nos recibe con un frío que pela, un poquito de calabobos, y calles semivacías (más tarde supimos que avanzando un poquito más, hubiéramos encontrado más ambiente).
Callejeando encontramos las primeras casas flotantes, y las primeras bolsas de basura tiradas en la calle. Aunque supone todo un choque, ya que dábamos por sentado que esta gente sería super civilizada, en las guías, blogs y webs consultadas, algo avanzaban sobre la forma de entender la limpieza en este país.
No es que sean unos guarros, pero lo de apilar las bolsas junto a un árbol, recuerda a otras épocas, sobre todo cuando viendo otras zonas más alejadas del centro encuentras contenedores pequeños, e incluso, contenedores subterráneos.
Junto a ello, mencionar los chicles, que tiran en cualquier sitio, dejando estampas irrepetibles en sus aceras, que en algunos tramos parecen quesos de gruyere.

En nuestros primeros escarceos con los coches, observamos enseguida educación, respeto y no demasiada prisa por atropellar a los peatones
De vuelta al hotel, compramos unas Heineken, que entran que da gusto no sólo por estar frías sino porque su sabor es mucho más redondo que en España.
Por cierto, de camino a la habitación ya adivinamos que la gente ha comprado “souvenirs” en los coffee shops… el olor a porro del pasillo es penetrante y evidente.

No sé si será por eso, pero mi último apunte en esta primera jornada es que Ámsterdam da buen rollo.

PRIMER PATEO MAPA EN MANO



Tras abandonar el primer piso para pasar a la zona noble del Botel, y degustar su buffet (correcto pero no tan exiguo como nos alarmaban algunos comentarios leídos en INTERNET) salimos a comernos Ámsterdam, en una mañana que empieza con calabobos pero que se va despejando hasta dejar una temperatura fría, pero tolerable, y con el regalo de algún que otro rayo de sol. No llovió el resto del día (situación que se repitió durante toda nuestra estancia).

Seguimos encantados con la buena educación las ganas de agradar del personal del hotel, que encontraremos también en nuestros futuros contactos con los holandeses.

Es lunes, y a diferencia de otras ciudades europeas, Ámsterdam despierta a su ritmo, sin demasiada prisa, a media mañana las tiendas permanecen cerradas o a medio abrir. Sólo lo harán entre las 12 y las 5.
Natasha cree que después de tanto porro y tanta Heineken el finde, esta gente prefiere tomarse el comienzo de la semana con tranquilidad.

A excepción de los autobuses que comunican la capital con el extrarradio, todo lo que nos cruzamos son coches (muchos menos que en una gran capital, o que una ciudad pequeña como Santander), tranvías, que recorren las grandes avenidas, y algunas que no lo son tanto, por lo que comparten espacio con carriles bici y zonas peatonales, y por supuesto, lo que nos rodea, las bicicletas.
Lo primero que te queda claro es que esta ciudad debe tener unos índices de polución mucho menores que otras capitales, ya que hay zonas en las que apenas pasan coches. Es más, es que no hay ruido. En algunos momentos parece que estamos solo nosotros y las bicicletas, que de vez en cuando tocan el timbre para avisar a algún despistado de que está invadiendo su terreno.

¿Y cuál es el terreno de las bicicletas? Bueno, pues depende. Sobre todo los carriles bici, pero estos no están perfectamente señalizados en todas las zonas, ya que en algunos sitios es materialmente imposible, por lo que hay estar continuamente atento, sobre todo en los cruces, da igual en que solitaria calle sin apenas tránsito, para no llevarte un susto, ya que otra cosa que también hay que tener en cuenta es que van follaos.
Ellos, muy rápido, sentados de forma natural, con una mano en el manillar y con la otra en el bocadillo, el móvil, el ramo de flores o el cuadro de 2x2 (verídico).
Ellas, preciosas. Son una prolongación de la bicicleta. Erguidas, gráciles, pedaleando sin pedalear. Una delicia para la vista.

Las bicicletas, en un porcentaje muy alto son de paseo, nada de mountain bike o las clásicas de corredor. Como digo, son una extensión de ellos mismos, como el móvil o el reloj, así que las adaptan a sus necesidades, incorporándolas algo más que una simple cesta.
Las hay con una pequeña caseta con techo plastificado en la que llevan a los niños, a sus mascotas o a ambos a la vez. Otros, que las usan para su trabajo, incorporan, ya sea delante o detrás, un espacio para poder transportar materiales, paquetes, flores, pizzas… lo que haga falta.

La decoración navideña, iluminación incluida, ha llegado antes que a España, algo que llega a su máxima expresión a partir de media tarde, que es cuando la ciudad bulle de gente saliendo de trabajar, para ver alguna tienda, tomarse un café, una cerveza o simplemente pasear.

Entramos al Vondelpark, uno de los parques más emblemáticos de la ciudad, próximo a su centro histórico y con la distribución normal de un parque europeo, es decir, mucho césped, y estrechos caminos de tierra, arena o grava.
Poco asfalto, nada de granito, cemento u hormigón, como nos acostumbran en sus horrendas creaciones ayuntamientos españoles como el de Santander.
Decir que el Parque de las Llamas es de los mejores de Europa tras haber visto el Vondelpark de Amsterdam, el Hyde Park londinense, el Tiergarten berlinés, por no hablar de Hamburgo o mi añorada Dublín… es una temeridad a no ser que el alcalde de Santander piense que sus ciudadanos no han salido nunca de los límites municipales. En fin.

Muy cerquita del Vondelpark tenemos el Café Americain (Leidsekade 97), abierto en 1902, una agradable sorpresa art decó con lámparas Tiffany y gigantescos ventanales, que te permiten degustar, mientras contemplas el Leidseplein, sus entrantes fritos con una cerveza en un ambiente tranquilo, porque los holandeses no son ruidosos, pero a la vez de mucho ir y venir de ejecutivos que montan ante nosotros relajadas reuniones de trabajo.
Lo considero una visita obligada. Si te quedas a comer prepara la cartera (como suele ser habitual en esta ciudad dicho sea de paso).



Volvemos a la calle y seguimos mirando qué hay detrás de las ventanas desnudas de cortinas o persianas. Nos impresionan la altura de los techos, y a la vez descubrimos que en las plantas sótano, que tienen también menos altura, se instalan muchas oficinas, de todo tipo, ejecutivos de traje y corbata, o con vaqueros, alguna que otra galería, e incluso, algún club de striptease que desde la calle es casi imposible de adivinar. En este caso no hay ventanas, con cortinas o sin ellas.
Tan solo una puerta negra con una placa que dibuja una sugerente silueta femenina nos avisa de lo que nos podemos encontrar si decidimos traspasar su umbral.

Llegamos al Cuypmarkt, donde puedes adquirir todo tipo de alimentos frescos. Verás lo carísimo que es el pescado, lo cara que es la carne, y posiblemente también las especias, pero merecen la pena.
Más o menos en mitad del mercado hay un sitio en el que venden cientos de variedades, con explicaciones (en inglés algunas) de los platos que mejor pueden condimentar. Merece la pena.

Siguiente parada, el Museo Van Gogh, situado en Museumplein. La entrada se encuentra en Paulus Potterstraat 7. Dejamos nuestras chaquetas y mochilas y recorremos en apenas una hora la evolución de la obra del artista, que se puede comparar además con las obras de otros artistas del siglo XIX que forman parte de la colección.
Sí, ves “Los Girasoles” y sus autorretratos… pero la visita es un poco fría, posiblemente por el moderno edificio en el que se ubica el museo. Pero claro, ir a Ámsterdam y no ver a Van Gogh, es como no haber venido.

El hambre vuelve a apretar así que decidimos buscar un sitio en el que cenar algo en horario holandés, son apenas las siete de la tarde.
Según la información previa merece la pena conocer Casa Di David (Singel 426). El sitio tiene muy buena pinta, pero la carta es “caríssima”. Muy cerca está la Brasserie Odeón, con unos precios más económicos, y con un ambiente chill – out muy recomendable para relajarse y coger fuerzas.
El vino siempre es caro, pero el servicio se gana la propina con su exquisita educación que acompañan de una sonrisa, sin estridencias, pero si lo suficientemente amplia como para hacerte la estancia más agradable. Me encanta esta gente.

Comer en esta ciudad suele ser caro, pero no hay que desesperarse, ya que hay alternativas.
Es recomendable gastarse los cuartos una o dos veces y después, hay alternativas como los McDonald´s (en los que no entramos), el bocata de supermercado (comiendo en algún parque junto a un canal y con una botellita de vino, que en los supermercados cuestan como aquí, es muy bucólico) u otros donde hay comida rápida como sandwiches, croquetas, etc... en pequeñas vitrinas donde se introduce el dinero para adquirir el producto.

Recomiendo también los hispanos. Cuando hablo de hispanos me refiero no sólo a españoles, que hay unos cuantos, sino también a mexicanos, argentinos, panameños o colombianos, aficionados en general a servir unos menús apañados por 10 o 12 €uros… aunque la bebida no va incluida. La calidad – precio está ajustada y el servicio suele ser bueno, al menos en nuestra experiencia.

Saliendo del tema gastronómico nos fijamos en su piel. Sí, es que llama la atención. Es una sociedad multi – étnica, donde la integración de los inmigrantes, como ampliaré más adelante, es una evidencia. El trato al extranjero (no al turista) es natural, sin forzar la sonrisa, ya que están acostumbrados a la inmigración.
Entre los blancos, llama la atención el tono de su piel. A diferencia de sus primos alemanes o británicos, sobre todo estos últimos, el holandés no suele ser de cara roja y blancurrona, sino que tienen un tono entre blanco y tostadito, que llama mucho la atención.

Será la alimentación, la falta de estrés, la mezcla de razas o los rayos uva, pero la verdad es que tienen una presencia muy agradable y sana. Los pura sangre son altos y rubios, ahí no hay sorpresas.

Ellas son muy naturales. No ves bellezas espectaculares pero tampoco adefesios.
Digamos que la belleza está bastante estandarizada, destacan habitualmente sus ojos, las piernas (lógico, tanta bicicleta), y su actitud, relajada, natural y femenina sin caer en la ñoñería.
Las orientales con pasaporte holandés son mucho más guapas que las de aquí, tienen otra mirada, otra actitud, menos sumisa, que las da un plus de interés.
Las chicas de color, otro tanto de lo mismo. Me llama la atención su mirada, no están alerta como aquí, sino que se las ve relajadas y como parte del paisaje.


Llega la noche y vamos a ver más mujeres todavía. Detrás de escaparates con fluorescentes rojo enmarcando las ventanas, y pandillas de salidos de todas las nacionalidades babeando mientras rebuscan en sus bolsillos unos billetes.
El Barrio Rojo no es ni tan sórdido como me imaginaba, ni tan siquiera peligroso. Es una atracción turística más, alternando auténticos monumentos a la mujer con horrendas cuasi jubiladas que deberían cuidar de sus nietos y dejar sitio a las nuevas generaciones.
No tiene término medio, solo hay guapas y feas, nada de medianías.

Tras hacer el recorrido por sus dos calles principales nos perdemos en las adyacentes y de repente somos abordados por un negro con rastas que nos susurra a toda velocidad: “cocaine, lsd…”, nosotros pasamos y el sigue su camino buscando nuevos clientes.

Llegamos a un pub en donde se anuncia música en vivo. Un concierto de jazz que acompañado de sus correspondientes cervezas nos sirve para ir pensando en volver al “Botel”, no sin antes degustar una de sus BESTIA PIZZAS, unas porciones desproporcionadas, más pan que otra cosa, pero que impresionan tanto en el escaparate que no podemos resistir la tentación.

ANNA FRANK Y CRUCERO NOCTURNO





Visto que estamos en el punto neurálgico de la ciudad y tras empezar a tener una idea razonable de las distancias, tras haber pateado medio centro histórico el día anterior, decidimos no madrugar en exceso, así que bajamos con el tiempo justo para desayunar en torno a las diez de la mañana.

Sin prisa y de nuevo despidiéndonos de la lluvia salimos hacia la casa de Anna Frank (Prinsengracht 267). Haciendo zig-zag por los puentes y canales Singel, Herengracht, Keizersgracht o Prinsengracht, paseamos degustando la tranquilidad, el silencio y la belleza de las calles, hasta que de repente, oímos un sonido familiar, “el puto reggeaton”, a toda pastilla en el único coche que vemos en ese momento.
Al volante un chico con aspecto de haber nacido más al sur de Nuevo México, nos mira con desdén y haciendo ruedas (sin que nadie le persiga) se lanza por una recta en la que afortunadamente no hay ni peatones ni bicicletas. Es la excepción que cumple la regla, no es lo normal.

Encontramos un kiosko, o mejor dicho, una tienda donde venden periódicos porque kioskos propiamente dichos no hay. Hay prensa holandesa e internacional, y ¡oh sorpresa! Tienen ABC, El Mundo, El País y La Vanguardia. Como no quiero deprimirme paso de comprarlos pero hace ilusión.

Llegamos a la Casa de Anna Frank. Un edificio más, que en un primer momento no destaca por nada en especial hasta que ves el cartelito que te indica donde estás y que diez metros a la derecha tienes la entrada.
La visita dura en torno a una hora, y a pesar de toda la cartelería, que está sólo en holandés y en inglés, al final del recorrido te dan unos folletos en un montón de idiomas, donde te traducen los recuadros que has ido viendo durante la visita. Merece la pena.



La historia de Anna es sobrecogedora, y el museo consigue por momentos transmitirte esa sensación. El vídeo final de su padre es emocionante aparte de dar a la historia un final menos malo, ya que al menos él pudo acercarnos el legado de su hija.
El respeto de los visitantes es absoluto, incluyendo los jóvenes, lo que hace que hayamos podido disfrutar de la visita sin sobresaltos.
Al final, en una gran sala en la penumbra se proyectan vídeos sobre problemáticas en el mundo como pueden ser la guerra de Irak, el Ulster, Kosovo o Darfur, proponiendo a los visitantes votar por las soluciones que ellos consideran mejores para cada una.
Aparte de ofrecer los resultados parciales de ese momento, después te muestra lo que lleva acumulado el museo desde que se puso en marcha esta iniciativa. Curioso.

En nuestro caminar por las calles amsterdamesas seguimos encontrándonos todo tipo de artilugios para tunear las bicicletas, con gran protagonismo para las flores, que aquí, aparte de muy baratas, las hay muy variadas.

Y llegamos de nuevo a Vondelpark, que recientemente ha añadido a sus encantos la permisividad de las autoridades para echar un casquete sin temor a una multa. Solo te piden que lo hagas en un lugar apartado y que no haya zonas infantiles cerca. De usar condón no dicen nada… asín que ya sabéis.
La verdad es que esto va con la filosofía del país, haz lo que quieras pero siendo cívico y sin coartar la libertad del vecino. Por poder puedes hasta tirarles migas a los pájaros, algo que a mí me produce rechazo en España, pero que no sé por qué me dio por hacer allí una mala tarde. De repente miles de pájaros aparecidos de todos los sitios nos rodearon.
Cuando me estaba acordando de Hitchcock… aparecido de no sé donde hizo entrada en la patética escena un gigantesco San Bernardo, que en unos pocos segundos despejó el lugar.

Después de recoger cívicamente nuestras cosas nos dirigimos hacia Ferdinand Bolstraat, a un pub irlandés llamado O’ Donnells, muy auténtico, y no de cartón piedra como nos tienen acostumbradas algunas franquicias en España.

En una plaza que hay al lado encontramos un supermercado. Nos adentramos para conocer de cerca sus precios y la forma que tiene esta gente de hacer la compra. La leche es más barata, mientras que las verduras y, de nuevo, el pescado, son más caros. Los vinos, como ya dije más arriba, cuestan más o menos como aquí, por lo que es evidente que la clavada se gesta en la malvada mente de los restauradores amsterdameses.

Seguimos nuestro recorrido por las zonas más pijas del callejero, que prácticamente abarca todo el casco histórico, admirando sus inmensos ventanales, sin cortinas, abriendo sus salones a nuestra ávida mirada, que desea saber más y más de este estilo de vida que nos sigue embargando por momentos.
Aunque el frente parece relativamente estrecho, hay que tener en cuenta el fondo y la altura de las casas. Bueno, eso, y lo caras que son, y que la lista de espera para hacerse con una ha obligado a mucha gente a vivir en un barco o irse al extrarradio.

Tras pasear por la Nieuw Markt, una zona muy molona por sus restaurantes, enfilamos hacia la zona cercana a nuestro “botel” donde tomaremos nuestro crucero nocturno, con cenita incluida.
Recomendable, sobre todo en temporada alta, reservar. Nuestro barco, en una fría noche de noviembre… va lleno.



Durante dos horas, que se pasan rápido, vamos admirando sus canales, los salones iluminados de las casas flotantes, las luces navideñas… Todo ello rodeados de un público que en esta ocasión se compone de un par de parejas holandesas, un grupo de mexicanos, dos amigas japonesas, tres chicos albaneses… y así hasta llenar las treinta plazas de la embarcación, en la que las explicaciones, ofrecidas por una cuarentona bastante maciza, son en inglés.
La cena se compone de una botella de vino tinto (ta güeno) y una fuente de barro llena de tacos de varios quesos, nueces, y pasas. Si se te acaba el vino solo tienes acceso a bebidas no alcohólicas, gratuitas.

MUSEOS Y DEMÁS


Debo insistir en la bella estampa de una mujer holandesa en bicicleta, es una de las primeras cosas que veo en nuestro tercer día que una vez más empieza con tímida lluvia y da paso a una jornada soleada que nos hace la vida más agradable.

Destacables también las camas del “botel”, duras y muy muy cómodas, aunque para nuestros pies y nuestras piernas poca solución hay… y encima nos queda aún mucho por ver. Por ejemplo edificios torcidos.
Según las guías, eso es producto de que los pilares son de mala calidad, aunque no dicen nada de que se vayan a caer por este motivo. La verdad es que hay algunas estampas muy surrealistas de varias casas torcidas, unas sobre otras que dan la impresión de ser una suerte de fichas de dominó que pueden caer en cualquier momento.

Frente a uno de esos edificios, solitario, está la casa de Rembrandt, una de las visitas obligadas de la ciudad. Hay muchos museos para visitar, y este es uno de los que hay que ver.
La visita no es demasiado larga, pero se han cuidado los detalles al máximo. Dejas tu chupa en la entrada, incluida la cámara y el móvil para no incordiar, te haces con una audioguía (indispensable para aprovechar la visita), y puedes conocer, de forma muy detallada, cómo vivía no sólo Rembrandt, sino la gente de su época.
Entre las cosas que me han llamado la atención las “camas-armario” donde dormían, de forma muy incómoda. Ah, y que no bebían agua, sino cerveza (lógico, aquí está muy bien). Así que no sé si Rembrandt era buen pintor o es que estaba pedo todo el día y tenía mucha imaginación. Es broma.

Salimos de nuevo a comernos la ciudad y debo hacer una parada. Los semáforos.
Sí, los semáforos. Aquí también tienen ese botón para el peatón, que cuando es pulsado… ¡¡¡funciona!!! En España da igual que lo presiones una vez, o diez, que lo hagas un minuto después de estar el semáforo en verde o tres, no funciona, y punto. Aquí no, en Ámsterdam lo pulsas y en no más de 20 segundos, ahí lo tienes. Mira que nos maravillan las cosas más simples, pero es que llama la atención, a mí me hace ilusión que las cosas funcionen, y aquí lo hacen.
Otra cosa es la actitud de los conductores, ya que suelen ser prácticos. Es decir, si vienen solos y quieres pasar, aunque esté en verde, te dejan pasar. Son muy majos.



Una de las visitas no previstas fue el Troppenmuseum. Muy interesante y recomendable a familias con niños, aunque todo está en inglés.
Desde una perspectiva holandesa, ya que éste ha sido también un país colonizador, te cuenta como se vive en el resto del mundo, con réplicas de calles, vestimentas, alimentos, paisajes, y figuras humanas que parecen de cera. Recomendable.

Entre las curiosidades del día Reedstraat, calle que te permite ver muy de cerca las casas de los holandeses, aunque tampoco hay que ser maleducado. Es que son tan bucólicas que provocan, qué le vamos a hacer.
Otra de las cosas que me ha llamado la atención ha sido la de encontrarme dos veces con las mismas personas. Entiendo que en zonas turísticas te pueda pasar, pero en lugares diferentes de la ciudad, encontrarte por segunda vez con una mujer holandesa que por la mañana te había obsequiado con un codazo directo a los riñones, es para emocionarse. No estuve atento, así que no se lo pude devolver.

Junto al “botel” está un restaurante chino flotante, el “Sea Palace”, que se parece a nuestros chinos sólo en el alfabeto. Aquí entras a un lugar elegante, con camareros chinos seguros de sí mismo, que te tratan con educación pero sin hacerte mamadas imaginarias (typical spanish). Tienen otro aire, estoy convencido de que tienen contrato, convenio y hasta vida privada. Nada que ver con los de aquí.
La comida es mucho mejor, más variada, y con una buena presentación. Recomiendo una degustación de platitos variados que aparte de ponerte a reventar, te permite hacerte una idea de lo mucho que no conocemos de la cocina china (sea cantonesa o imperial).



Frente a nosotros se sientan dos chicos americanos. Uno guapetón, tranquilo y risueño. Frente a él su amigo, golitrón, borracho, con bisera, horribles patillas, y actitud de no poder con su persona. Piden de todo.
El guapo le da conversación al otro que se mete gigantescos trozos de comida por la boca, babeando, con una fuerte respiración, y unos ojos que se le salen de las órbitas.
Entre risas el guapetón se va al baño. El golitrón se queda solo, y tras beberse las dos jarras de cerveza que quedan en la mesa se recuesta en la silla vencido por su ceporrez. Suena su móvil, se levanta, sale del restaurante… y ya está hecho. Se han ido sin pagar, y encima se alojan en nuestro hotel, a menos de 50 metros del restaurante chino.

Andamos hasta Rembrandtsplein para bajar la cena. Allí nos encontramos una multitudinaria fiesta con limusinas brutales, entre ellas una Hummer, superbestia, con el típico presentador nórdico, rubio, ojos azules, pinta de chulito, y rodeado de cuatro pibones… espectaculares my friend.

Cerca de allí hay un pub que tiene sus paredes llenas de estanterías con libros (falsos) y un ambiente muy acogedor. Allí nos agenciamos unas pintas para pasar el rato, calentitos, a salvo del frío nocturno y del jaleo discotequero que se ha montado a una decena de metros de nuestra posición.

A la salida, aunque es pronto y tampoco queda muy lejos el “botel”, decidimos probar el tranvía. Lo positivo es que es cómodo y puntual. Lo negativo es que es carillo, 1,60 por cabeza.

Está acabando nuestro tercer día y por primera vez, en una gran capital europea… oímos la sirena de un camión de bomberos. De ambulancias no hablo, ya que no llegamos a oír ninguna.

Esto en cuanto a nuestro sentido auditivo, ya que el olfativo, tanto en el “botel” como en las cercanías de los coffe-shops (están por todas partes) nos acercan una y otra vez a mi tía Mari-Juana… y como huele la tía.

ÚLTIMO DÍA


Nuestro último día empieza con un gran pateo al Rijksmuseum, ya que Natasha se sigue negando a subirse en una bicicleta. Le dan miedo. En fin, otra vez será.

Una escena típica de primera hora de la mañana en los alrededores de la estación central es encontrarse manadas de jóvenes arrastrando maletas para coger el tren al aeropuerto y finalizar así su estancia tras haberse fumado toda Jamaica.

A diferencia de la Casa de Rembrandt, donde las audioguías son gratuitas, en el Rijksmuseum hay que pagarlas, aunque aún así merecen la pena, tanto como el museo. El único punto negro de nuestra visita, en medio del silencio, la contemplación del arte, el viaje a otras épocas a través de la pintura o la escultura, fue un grupo de bestias georgianas, embutidas en chupas de cuero.
Eran un grupo de unos veinte tíos, a cada cual más macarra. Se nota que estaban de viaje de negocios (no me digas cuales), y que lo de ir al museo era cosa de sus anfitriones.
A ellos se la traía floja, y entre gritos y risotadas atravesaron nuestra paz y tranquilidad en pocos minutos. Es lo bueno de los macarras, que el arte no les llama la atención y es casi imposible que se queden embobados ante una obra. Menos mal.



Tras el museo tocaba tomar el aire. En este caso en un mercado de flores, donde encuentras auténticas gangas, muy prácticas si vives aquí. Es decir, si te enfadas con tu novia, regalarle unas flores no te cuesta un ojo de la cara, y encima tienes una gran variedad. El que no regala flores en Holanda es porque no quiere.

Como nos pasó en Roma, y parece que va a ser una constante en nuestros viajes… volvimos a encontrarnos con los hare-krishna. Fugazmente, a la salida de un café, cuando estaban a unos 20 metros de nosotros y se alejaban entre la algarabía.
Buscábamos ya un sitio para llenar el buche, y en este caso nos fuimos a un argentino, llamado Los Amigos, en Reguliersdwarsstraat, 57.

Cuando llegamos estaban el cocinero y un camarero, ambos pakistaníes. Nos hizo bastante gracia, ya que la música era española… vamos toda una mezcla.
El menú, entre 10 y 12 €uros, sin incluir bebida, está bien de precios. El servicio, perfecto. Exquisita educación y sólo te dan conversación si les das pie.
Hablamos de todo un poco. Nos cuenta que los argentinos llegarán más tarde, que la hora se paga a 7 €uros (más que aquí), y admite que sabe poco español.
Llega un señor holandés, de unos sesenta años, alto, buen aspecto. Habla con ellos. Se nota que se conocen. Nos mira y nos pregunta sobre nuestra impresión de la ciudad. Le decimos que nos encanta todo, incluida su gente. Todo ello en un perfecto inglés. Así da gusto.

Lo que no da tanto gusto es irte de compras. Nosotros miramos mucho y compramos mucho souvenir típico, y a excepción de una mochila (obligados porque que cargué la mía) pasamos de tiendas de ropa.
Nos adentramos en el “Magna Plaza” junto al Palacio Real. Los precios…desorbitados, incluso para Ámsterdam. Salimos raudos y veloces.

En nuestra huida topamos con el Museo del Sexo. Un lugar prescindible, pero que por apenas 3 €uros las visita, merece la pena visitar para reírte un rato. Muy kitsch.

VISA… VISA…




De nuestro viaje de vuelta dos anécdotas. Una en Schipol y otra en Madrid.

La primera nos sucedió esperando al avión para volver a Madrid. En medio del silencio, la tranquilidad y la somnolencia (eran las 5 y media de la mañana), empiezan a venir unas parejas españolas, cargadas cada una con bebés negros.

Los niños, una monada, y haciendo lo que hacen los niños, tocando donde no deben, escapándose… Los padres, a voz en grito nos permitieron saber que acababan de recogerlos de no sé que país africano. No sólo eso, sino que una de las mujeres había perdido el portátil.

Se habían estado tomando un café, habían cogido a los niños, las bolsas de mano, los potitos, las tarjetas de embarque… pero no un ordenador portátil, que al final, mira que son civilizados en Holanda, apareció.



A nuestra llegada a Madrid, para enlazar con Santander tuve un incidente con un ruso GILIPOLLAS que trabaja en Ryanair.
Es que el controla la entrada de viajeros de la terminal al autobús que te traslada al avión.
Despistado de mí, pasé y seguí andando sin darme cuenta de que el muy imbécil, desgraciado hijolagranputa, estaba pidiéndoles no sé que papeles a Natasha.
Claro, como ella es bielorrusa y él un machista de mierda, buscaba no sé que problema.
Después de volver sobre mis pasos, y llamarle gilipollas, seguimos nuestro camino al avión.

Lo siento, pero lo tenía que decir. Por lo demás, la familia bien gracias, y Ámsterdam… una pasada.